El vestido negro, petite robe noire o little black dress es una de las prendas míticas de la historia de la moda. Y no es de extrañar, porque representa la esencia de la modernidad eterna. Por esta razón, los diseñadores lo recuperan constantemente, unas veces de manera más velada, otras de un modo más evidente. Pero siempre está presente en las pasarelas… y en nuestros armarios: es un clásico que nunca pasa de moda.
Ideado por Coco Chanel en la década de los años 20, le petite robe noire ha creado escuela, tanto por su significado como por su estilo. Desde su primera aparición en Vogue en 1926 se impuso como nuevo uniforme entre las mujeres y se convirtió en un éxito de ventas sin precedentes.
Además, el negro también causó polémica. Quizá fuera el color corporativo de la sastrería masculina, pero en el universo femenino estaba relegado al luto, y cualquier otro uso se consideraba indecente entre las damas elegantes –solo campesinas y trabajadoras lo llevaban. «Antes de mí, nadie habría osado vestirse de negro», proclamó Chanel, desafiando el colorido de Paul Poiret, a la vez que imponía una sutil venganza y uniformaba de negro a las mujeres chic.
Esa es una de las cualidades de esta prenda: se adapta a quien lo lleva. Si tenemos en cuenta que hoy una de las principales funciones de la moda es destacar la individualidad… El LBD, además, se adecua a cualquier ocasión si se usan complementos diferentes, por lo que una no ha de cambiarse e ir corriendo cuando tiene un día agitado, con evento o cena incluida: basta con meter en una bolsa el clutch y los tacones.
Otro punto a su favor es su no-color, lanzado por Chanel justo en el momento que las mujeres accedían al mercado de trabajo. Entonces simbolizó el inicio de la igualdad de géneros; y hoy lo sigue haciendo. El negro es todo menos frívolo. Denota seriedad y redibuja la figura. No distrae. Es discreto y nunca falla, ni por exceso ni por defecto.
Ideado por Coco Chanel en la década de los años 20, le petite robe noire ha creado escuela, tanto por su significado como por su estilo. Desde su primera aparición en Vogue en 1926 se impuso como nuevo uniforme entre las mujeres y se convirtió en un éxito de ventas sin precedentes.
Además, el negro también causó polémica. Quizá fuera el color corporativo de la sastrería masculina, pero en el universo femenino estaba relegado al luto, y cualquier otro uso se consideraba indecente entre las damas elegantes –solo campesinas y trabajadoras lo llevaban. «Antes de mí, nadie habría osado vestirse de negro», proclamó Chanel, desafiando el colorido de Paul Poiret, a la vez que imponía una sutil venganza y uniformaba de negro a las mujeres chic.
Esa es una de las cualidades de esta prenda: se adapta a quien lo lleva. Si tenemos en cuenta que hoy una de las principales funciones de la moda es destacar la individualidad… El LBD, además, se adecua a cualquier ocasión si se usan complementos diferentes, por lo que una no ha de cambiarse e ir corriendo cuando tiene un día agitado, con evento o cena incluida: basta con meter en una bolsa el clutch y los tacones.
Otro punto a su favor es su no-color, lanzado por Chanel justo en el momento que las mujeres accedían al mercado de trabajo. Entonces simbolizó el inicio de la igualdad de géneros; y hoy lo sigue haciendo. El negro es todo menos frívolo. Denota seriedad y redibuja la figura. No distrae. Es discreto y nunca falla, ni por exceso ni por defecto.
